sábado, 14 de febrero de 2009

El horizonte de Darwin



EL HORIZONTE DE DARWIN 

Andrés del Corral Salazar

Parece bastante obvio, por lo menos para quienes cruzaron lo suficientemente cerca de las aceras de las academias, afirmar que la evolución es un proceso histórico del que todas las especies de nuestro planeta son producto. Animales y vegetales, peces y flores, humanos, serpientes y secuoyas, son todas variaciones de un ancestro en común, hijos de una gran Eva hasta el momento desconocida. Este hecho que a algunos todavía no deja de asombrarnos pasó desapercibido, no obstante, durante gran parte de la historia de la civilización. Y lo que para nosotros ahora, a la luz de la teoría de Darwin, es por supuesto bastante ‘natural’, en épocas pasadas fue toda una blasfemia.

 

No vamos a recordar todas las circunstancias que acompañaron el surgimiento de la teoría. Pero vale la pena contar aquella conocida anécdota que, no desprovista de cierta gracia y jocosidad, nos muestra el hostil ambiente intelectual que tuvo que respirar Darwin. 



El influyente obispo Samuel Wilberforce, en una disputa pública que tuvo lugar en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford luego de siete meses de publicado el Origen de las especies en Noviembre de 1859, espetó al biólogo Thomas Huxley, defensor acérrimo de la selección natural, con las siguientes palabras: “¿podría decirme si del lado de su abuelo o de su abuela desciende usted de los monos?”


Pensar que esta pregunta fue una reacción exagerada a la teoría es un error. Más bien debemos entenderla como parte de una tradición de más de dos mil años que comienza en tiempos de Platón y Aristóteles. Para Platón todo lo que es accesible a los sentidos, absolutamente todas las cosas terrenas, son copias imperfectas de un mundo ideal que existe eternamente. Este mundo de las Ideas de Platón, a diferencia del mundo terrenal, no está sometido a la variación y al cambio, no sufre accidentes y no es corruptible; es el mundo de la perfección y la inmutabilidad a la que no pueden aspirar los objetos de nuestros sentidos y al que sólo podemos acceder mediante la razón. No importa lo cuidadosamente que tracemos un círculo, este círculo terrestre está viciado por nuestra mano temblorosa, o por la línea que traza el carboncillo de nuestro lápiz: el mero hecho de materializar la idea de círculo hace que pierda, diría Platón, su dignidad y perfección, o lo que más tarde llamaría Aristóteles, heredero de Platón, sus propiedades esenciales. Aristóteles llevó la teoría platónica de las Ideas un paso más adelante al afirmar que todas las cosas se constituyen mediante la combinación de propiedades esenciales y propiedades accidentales. Las primeras hacen de una cosa el tipo particular de cosa que es mientras que las segundas pueden variar sin que se afecte la cosa como tal. Las cosas, por supuesto, no se definen mediante sus accidentes sino por los tipos de cosas, los cuales tienen una correspondencia directa con las esencias: a cada tipo le corresponde una esencia. Las esencias, como las Ideas de Platón, son intemporales e inmodificables.

 

Lo importante de todo este asunto es entender que el término ‘especie’ fue, en cierto modo, una traducción estándar de la palabra griega eidos que Platón utilizó para designar Forma o Idea, y que Aristóteles con toda su influencia en el pensamiento posterior se encargó de afianzar mediante su teoría de las propiedades esenciales. Así fue enseñado en las academias. Cardenales, hombres de negocios, profesores, todos, durante algo más de dos milenios, pensaron que las especies no evolucionaban sino que estaban prefijadas desde el comienzo. ¿cómo era posible que dos esencias que nada tienen que ver entre ellas descendieran la una de la otra?

 

De hecho, hay que recordar que hacía sólo poco más de un siglo Linneo había desarrollado una importante taxonomía en concordancia con el fijismo o esencialismo defendiendo que las especies habían sido creadas por dios de forma separada e independiente y que, por tanto, no tenían ningún origen común. Y si con esto no fuera suficiente para dudar de la teoría de Darwin, la selección natural generaba otro tipo de interrogantes que no parecían nada fácil de responder. 


En efecto, una de las más antiguas y utilizadas máximas de la filosofía, Ex nihilo nihil fit (nada puede surgir de la nada) parecía estar amenazada y ponía en alerta las más connotadas autoridades de la fe, quienes no dudaron en salir en defensa del ‘necesario’ acto creador. ¿Acaso, como sentencia el libro del Génesis, Dios no ‘creo’ todas las especies en el día quinto, y en el sexto el hombre? ¿Cómo es posible que el hombre, hecho a imagen y semejanza de dios, su máxima creación, comparta ancestros con animales en todo sentido inferiores?

 

El panorama era oscuro. Y por eso mismo su triunfo fue grande. Darwin revolucionó toda una forma de entender la humanidad, rompió viejos moldes forjados con el hierro de autoridades de dos mil años, cambió y continúa cambiando nuestra comprensión de toda la vida en la tierra hasta el punto de que Theodosius Dobzhansky, uno de los cofundadores de la teoría sintética de la evolución o nueva síntesis moderna, afirmó célebremente que nada tiene sentido en biología si no es considerado bajo el punto de vista de la evolución.


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