200 AÑOS SOBREVIVIENDO
Lukas Tamayo Orrego[1]
Andrés del Corral Salazar[2]
Las grandes ideas, como las teorías revolucionarias, no encuentran por lo general un ambiente favorable. Se necesita tiempo para que aquella hostilidad—venida de la religión, la política, la autoridad científica, o de la combinación de éstas—vaya desvaneciéndose poco a poco y la nueva idea gane terreno. Los grandes científicos, por lo general, no deben su nombre a la aceptación inmediata de sus teorías, o a la autenticidad de sus ideas, a la perspicacia de sus planteamientos o a la manera de realizar sus experimentaciones, sino a la articulación que puedan lograr en la explicación de un problema. Copérnico no fue el primero en proponer una cosmovisión cuyo centro fuera el sol y no la tierra; Darwin tampoco fue el primero en proponer una teoría de la evolución. Pero ambos lograron lo que sus antecesores no: una explicación sistemática y coherente del mundo que terminó por superar los prejuicios de sendas épocas, lo cual, por supuesto, no fue tarea fácil. Pero una vez asimiladas, estas ideas trastocaron nuestras más arraigadas creencias sobre el mundo y el puesto que en él ocupamos los humanos.
A 200 años de su nacimiento, el 12 de Febrero de 1809, y a diferencia de la teoría de Copérnico, Charles Darwin continúa generando malinterpretaciones. Vivió en Shrewsbury, su ciudad natal ubicada al oeste de Inglaterra, hasta el día que decidió viajar a Edimburgo para estudiar medicina presionado por su padre, el respetado médico Robert Darwin, a los 16 años. Sin embargo, el precario estado de la cirugía en aquel entonces sumado al horror que le generaba la sangre, los gritos y la agonía de los pacientes, le llevaron a abandonar pronto sus estudios y viajar en 1828 a Cambridge, donde estudiaría teología. Allí, siendo todavía un joven disperso con mayor preferencia por la equitación, el tiro con rifle y la colección de escarabajos que por el estudio de la misma teología, Darwin conoció al profesor de botánica y futuro amigo íntimo John Henslow, quien lo introdujo en el estudio de las ciencias naturales mientras lo invitaba a discusiones científicas que se celebraban semanalmente en su casa. En 1831, Henslow iba a realizar una propuesta que cambiaría la vida de Darwin: lo encomendó para ser el naturalista del HMS Beagle, navío que se disponía a explorar y cartografiar las costas del sur de América. Abrumado por su suerte, Darwin, pese a la negativa inicial de su padre, no dudó un segundo en aceptar la invitación. Empacó su microscopio y sus rifles.
La expedición duró casi cinco años en los que se dedicó exclusivamente al reconocimiento de formaciones geológicas y al estudio y recolección de todo tipo de especies animales y vegetales, además de algunos fósiles. El lugar que quizá más huella dejó en Darwin fueron las Islas Galápagos. Allí observó que las diferencias de forma entre los picos de los pinzones que poblaban las diferentes islas estaban relacionadas con sus hábitos de alimentación. El pinzón de los cactus tiene un pico largo que puede introducir en hendiduras, mientras el pinzón terrestre de semilla dura tiene un pico fuerte que le permite triturar y, como éstas, muchas otras variedades con picos diferentes que, de alguna manera, habían emigrado a estas islas y habían adquirido posteriormente sus propias características, fueron formando en Darwin una idea previa de su teoría.
Nuevamente en Inglaterra a los 27 años, Darwin pasaba su tiempo revisando el material recogido en el Beagle. Animales embalsamados que él mismo había cazado con su rifle, semillas de todas partes de América, diversidad de pescados, y varios esqueletos fosilizados que encontró en un cementerio de gigantes ‘para monstruos de razas extintas’. Ahora tenía dos elementos indispensables de su teoría que, en aquel momento, no sabía todavía cómo relacionar: la diversidad y la evidencia de antepasados comunes. Sin embargo, los períodos de estudio y productividad alternaban con problemas de salud que lo hacían permanecer en un tedioso y obligado reposo para el inquieto naturalista. La extraña enfermedad, contraída probablemente durante la travesía del Beagle, y de la que se dice era la enfermedad del Chagas, retardó sin duda la concepción final de su teoría. Solo hasta 1859, tras más de 20 años desde su regreso y muchos borradores y versiones preliminares de su obra, Darwin publica apresuradamente un ‘extracto’ de su obra. Todos estos años recolectando nuevos datos y sometiendo a contrastación empírica sus hipótesis teóricas, despreocuparon a Darwin del afán de publicar sus resultados. Sin embargo, en 1858 un naturalista de nombre Alfred Russell Wallace, le envió su trabajo solicitando su opinión. Darwin se percató inmediatamente de la sorprendente similitud con su obra. Ese mismo año, motivados por los concejos de sus amigos, deciden entonces presentar conjuntamente el principio de selección natural ante la Sociedad Linneana de Londres. La presentación no despertó la atención de las autoridades científicas que Darwin esperaba, de tal forma que, al año siguiente, decidió publicar, antes de que se le adelantasen de nuevo, aquel extracto de sus ideas bajo el extenso título de El origen de las especies mediante la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. El éxito fue abrumador; un best seller. Y así como su éxito, las polémicas que generó también fueron grandes.

Fueron varias y muy distintas las influencias sobre la teoría de la selección natural. Una de ellas fue la obra de Charles Lyell Principios de geología. Allí el autor sostenía que la edad de la tierra era mayor a la que se estimaba en el momento y que el proceso de formación de su estructura actual era un proceso gradual, no catastrófico. En contraposición con estas explicaciones que predominaban en la época de tipo catrastrófico, como la idea del diluvio universal, y según la cual cada cierto período de tiempo ocurre un desastre natural que destruye todos los seres de una región para ser luego poblada nuevamente por migraciones posteriores, el gradualismo es el tipo de explicación que permite un cambio lento entre los organismos.
Igualmente, Darwin recibió el influjo de Thomas Malthus bajo la lectura de su libro Ensayo sobre el principio de la población. La tesis básica de este libro es que mientras los recursos alimentarios crecen en progresión lineal (sumando una cantidad fija: 2, 4, 6, 8, 10), las poblaciones humanas crecen en progresión exponencial (multiplicando por un factor: 2, 4, 8, 16, 32), principio por el cual, según el autor, gran parte de la población moriría de hambre. Esta fue casi una revelación para Darwin, quien extrapoló esta tesis a las poblaciones de otros organismos y la utilizó como fundamento de la selección natural.
Otro asunto importante en el surgimiento de la teoría, fue el entrenamiento del naturalista inglés en las técnicas de selección artificial de especies domesticadas. Por medio de estas, como era bastante conocido en aquel entones, pueden producirse variedades de especies con alguna característica deseada.
Estos elementos se mezclan en la teoría darwiniana del origen de las especies así: como las poblaciones crecen y los recursos son escasos, los organismos luchan por la existencia. Aq

uellos que tienen alguna ventaja sobre los otros tienen más posibilidades de sobrevivir y dejar descendencia, la cual hereda estas características. Entonces la selección natural es el éxito reproductivo de los organismos que se encuentran mejor adaptados a un medio ambiente determinado: la supervivencia del más apto. Este proceso se resume generalmente en dos pasos: variación y selección, de forma que las variantes que resultan ser más aptas según el ambiente son retenidas. Y dado que el tiempo geológico es enorme, entonces es posible que al sumarse las pequeñas variaciones que la selección fija sobre los organismos, se produzca diversificación de las especies. La implicación final es que todas las especies se han generado a partir de antepasados comunes por evolución o, como Darwin lo llamaba, mediante ‘descendencia con modificación’.
Gráficamente ha hecho fama el árbol de la vida como síntesis de la teoría en la cual las especies descendientes siempre tienen un antepasado común. Pero esta imagen no es pura casualidad. Es la versión contemporánea del dibujo que utilizaba el mismo Darwin y que llamaba el coral de la vida. La vieja imagen, no obstante, es más fiel al pensamiento de Darwin. El árbol nos sugiere que las raíces y el tallo son especies vivas; el coral, por el contario, hace énfasis en que las especies actuales están en las ramas, mientras que sus antepasados ya extintos están en el tallo calcificado. Al mismo tiempo, estas imágenes sirven para mostrar un aspecto central de la teoría: del mismo modo que no existe una rama que sea la ‘mejor’ rama de todas, no existe una especie que se encuentre en la cima de la evolución. La diferencia entre las especies no está en el nivel de ‘perfección’ que hayan alcanzado sino, simplemente, en la ruta evolutiva que hayan seguido.

En este sentido, una de las implicaciones más controvertidas de la teoría estaba relacionada con la manera en que peligrosamente subvertía ciertas ideas muy queridas por los religiosos de aquel entonces, e incluso ampliamente aceptadas hoy en día. ¿Acaso el hombre no es la máxima expresión de la creación divina? ¿No es el ser más perfecto sobre la tierra? ¿¡Es posible creer que el hombre no fue creado sino que desciende de los monos!? Aunque Darwin realmente no afirmó que el antecesor de los humanos fuera un mono, sino que ambos tenían un antepasado en común, este fue uno de los argumentos que se adujeron para deslegitimar la nueva teoría. Libros como Teología natural del famoso religioso William Paley alentaban este tipo de objeciones. Según este autor, existe un ‘diseño inteligente’ en la grandiosidad y complejidad de la organización del mundo natural que nos revela la existencia de Dios, del mismo modo que un reloj, cuyo funcionamiento requiere que sus partes se diseñen y dispongan de determinada manera con un propósito específico, revela la existencia de una inteligencia superior: el relojero. Darwin, por el contario, había elaborado una explicación del origen del las especies como producto de la lucha por la existencia de los organismos y la supervivencia diferencial de los más aptos o mejor adaptados. De este modo, se tornaba innecesaria la tesis del designio divino, pues la variación al azar y la selección han producido la totalidad del mundo natural, incluido el ser humano.
El otro flanco atacado de su teoría estaba relacionado con la explicación del mecanismo de la herencia. Darwin, que tenía una explicación bastante defectuosa de la herencia mediante su hipótesis de la pangénesis, parece no haber conocido el trabajo de su contemporáneo Gregor Mendel sobre la herencia. Sin embargo, una vez redesubiertas las leyes de la herencia de Mendel a principios del siglo pasado y desarrollada la genética de poblaciones por personalidades como Sewall Wright o Theodosius Dobzhanski, comenzó un nuevo período del darwinismo llamado “la síntesis moderna” o el “neodarwinismo”. A partir de este momento se supo que la variabilidad de los organismos de las poblaciones estaba determinada por las mutaciones en el ADN. Y como las mutaciones se producen al azar, entonces el azar y la selección son las causas del cambio evolutivo. La evolución se entendía ahora como el cambio en la composición genética de las poblaciones.
Los grandes desarrollos en genética han corroborado las ideas de Darwin sobre la manera que han evolucionado las especies. Después de 150 años de la publicación de El origen las ideas básicas de la teoría de la evolución mediante selección natural siguen intactas. Su estructura explicativa es la misma: la evolución se produce por la selección natural que opera sobre variaciones heredadas. Ante esta diáfana idea, Thomas Huxley, apodado el bulldog de Darwin por sus numerosas defensas, expresó: ‘que estupidez no haberlo pensado antes’.
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